De la institutriz a la babysitter bilingüe. Un paseo entre la ficción y la historia

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De la institutriz a la babysitter bilingüe. Un paseo entre la ficción y la historia

La educación, el cuidado y atención de los pequeños de la casa es, sin lugar a dudas, uno de los aspectos sobre el que las familias han proyectado su máxima atención a lo largo de la historia. De esta manera,  muchos hogares deben hacer frente a la idiosincrasia actual. Con unos padres trabajadores y la gran variedad de horarios en los diferentes modelos de jornadas laborales que se distinguen hoy en día, se complica dar con la fórmula que permita conciliar el tiempo libre entre padres e hijos.

Es ahí donde entra en juego la figura de la babysitter. Su labor consiste en encargarse del cuidado de los niños por un tiempo determinado cuando los padres no están y requieren de alguien que vigile a sus hijos, bien de manera esporádica o con una continuidad programada. En cualquier caso, esta presencia en los hogares en absoluto es un atributo que deba sumarse al siglo XXI, pues que los niños queden al cuidado de un tercero es un hecho que se viene produciendo desde siglos atrás.

Cierto es que contar con alguien cuya labor sea encargarse de la educación de los más pequeños nunca ha sido algo que esté al alcance de cualquiera. De hecho, la historia demuestra cómo, a lo largo de los siglos, quienes tuvieron acceso a ello, siempre fueron miembros de la nobleza y de las clases más adineradas.

En el siglo XIX, con el auge de la burguesía, empezó a proliferar el papel que, en los hogares adinerados, tenía la institutriz, en el caso de la educación femenina, o el preceptor, que hacía lo propio con el género masculino. Esta figura residía en la casa con la familia, aunque sin llegar a formar parte de ella, y se encargaba de impartir a los niños los conocimientos académicos necesarios, siendo, además, uno de los pocos oficios a los que podían aspirar las jóvenes de la época para ganarse la vida. El acceso a estos puestos era para aquellas que, por supuesto, habían recibido atentamente una educación, algo que solía darse por parte de algún miembro de su entorno más cercano. En muchos casos, estas jóvenes eran de origen humilde, hijas de maestros, doncellas que habían crecido bajo la tutela de algún brazo de la iglesia o, simplemente, jóvenes huérfanas pertenecientes a familias pudientes que habían caído en desgracia.

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Muestra de ello son algunos ejemplos del ámbito de la ficción como el de Jane Eyre, que en casa del señor Rochester demuestra su seguridad y afán de superación ante la adversidad, María, de Sonrisas y Lágrimas, quien consigue ganarse a los ingobernables hijos del capitán Von Trapp a base de su educación musical, Mary Poppins, que sorprende a los miembros de la familia Banks con cada uno de sus supercalifragilísticoespialidosos trucos o, por supuesto, la disciplinada señorita Rottenmeier de Heidi.

En España lo que ocurrió en el siglo XIX fue que, entre las clases altas, se puso de moda contratar a mujeres extranjeras para que educasen a los niños de la casa enseñándoles así su idioma y las costumbres propias de su cultura natal.  De hecho, muestra de la relevancia que comenzaron a tener entonces estas mujeres es que Benito Pérez Galdós, en Fortunata y Jacinta, escribe: “Los niños españoles van vestidos de marineros y conducidos por la institutriz inglesa”, mientras que “los pobres pasean envueltos en bayeta amarilla, sucios, con caspa en la cabeza y en la mano un pedazo de pan lamido”.

Tanto es así que Fernando de Castro creó en diciembre de 1869 la Escuela de Institutrices de Madrid, convirtiéndose este en centro de referencia en España. Por tanto, hablamos de una profesión que debe tenerse muy en cuenta ya que, aunque en la actualidad la escuela ya no se dedique a la formación profesional en este ámbito, en países como Inglaterra se mantiene la instrucción al respecto existiendo auténticas, prestigiosas y reputadas academias de preparación para nannys que, incluso, se caracterizan por su alta demanda de aspirantes y dificultad de ingreso.

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Sin embargo, en líneas generales, el paradigma del siglo XX ya cambió la labor de esta figura y la actividad laboral de los padres hizo que se afianzara el papel de la niñera para suplir a estos en el cuidado y atención de los niños. En cualquier caso, cuando se demanda la labor de una babysitter hoy en día, el perfil que se busca es principalmente universitario. Normalmente, suele tratarse de jóvenes estudiantes de post grado que, a través de este trabajo, consiguen algo de dinero que les ayuda a sufragar sus gastos. Con la idea de poder fomentar el empleo de las lenguas extranjeras entre los más pequeños, contar con una babysitter bilingüe está cada vez más demandado entre las familias españolas, convirtiéndose así en una oportunidad perfecta para practicar ya no solo el inglés sino cualquier otro idioma en el ámbito de la crianza.

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